El «low-cost» de Versace

Este artículo apareció originalmente publicado en ABC el 10/11/2011

Versace-HMQueda una semana para que las colas infinitas de «fashionistas» vuelvan a formarse frente a las puertas de los H&M de todo el mundo. Será el 17 de noviembre cuando la cadena sueca ponga a la venta la colección «Versace for H&M». Ese día, la locura se apoderará de todos aquellos que buscan hacerse con los diseños de la alta costura italiana a precios que van desde los 14,95 a los 300 euros. Bienvenidos a la revolución H&M.

La colección fue presentada oficialmente este martes en Nueva York en una fiesta dominada por la opulencia del color dorado de las alfombras y el marfil de las sonrisas de famosos como Blake Lively. La actual musa de Chanel, Christian Louboutin o Stella McCartney estuvo acompañada de rutilantes estrellas como Jessica Alba, Nicki Minaj, Prince o Uma Thurman. Pero la reina de la fiesta fue Donatella Versace, quien ha supervisado la colaboración con H&M desde sus orígenes. Siempre acompañada por su hija Allegra, Donatella pudo comprobar el efecto de su colección en algunos de los asistentes. Pero eso no es lo que le interesaba realmente a la diseñadora italiana. «La colección para H&M es pura esencia Versace. Estoy impaciente por ver cómo el amplio público de H&M hace suyas estas piezas», reconoció Donatella. Al fin y al cabo, de eso tratan estas colaboraciones: de que el «amplio público» tenga acceso a tus prendas, lo que muchos denominan la «democratización de la alta costura».

La extraña mezcla de la ostentación y el lujo característicos de Versace con el «low-cost» de H&M no causó desmayos ni muecas extrañas. Y es que la industria de la moda ya está acostumbrada a estas mezclas después de haber visto como grandes de la talla de Karl Lagerfeld, Stella McCartney, Roberto Cavalli o Jimmy Choo, sucumbieran a los encantos de H&M.

Hasta entonces, tiendas como Zara y H&M se habían convertido en el enemigo a batir por comportarse como parásitos de la alta costura y el prêt-à-porter. Usando lo que se ha llamado «fast-fashion», las cadenas de moda se inspiraban en los modelos que veían en las pasarelas del mundo para crear sus propios diseños. En pocas semanas las prendas estaban disponibles en las tiendas, adelantándose en meses a las mismas casas que la habían diseñado.

Fue en 2004 cuando Lagerfeld, líder de Chanel, se convirtió en el primer diseñador en romper con los moldes de la industria y aliarse con el «enemigo». Entonces el alemán colaboró con la casa sueca en una colección que duró menos de dos horas en las tiendas. Lagerfeld fue el primero en darse cuenta de que para acabar con el parásito la única vía era la simbiosis. El prêt-à-couture había quedado definitivamente inaugurado.

De un plumazo, las casas de alta costura encontraron la llave a millones de compradores que aman sus diseños —y el estatus asociado a ellos, para qué engañarnos—, pero para los que el precio había supuesto hasta ahora un inconveniente insalvable. Y por otro lado, no compiten con sus clientes de las líneas de alta costura, atraídos por la exclusividad de unas prendas que solo los bolsillos de mayor hondura se pueden permitir. Eso y que ni los diseños ni las calidades son equiparables, por más que quieran hacérnoslo creer.

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