Mitt Romney, un político curtido en el rechazo

Este reportaje apareció originalmente publicado en ABC el 06/11/2012

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El candidato quiere separar su militancia mormona de su aspiración presidencial, pero la religión acaba siendo un arma de doble filo

Cuando Mitt Romney decidió presentarse como candidato a las elecciones presidenciales, sus asesores políticos detectaron tres de sus atributos que podrían ser fatales para su campaña. Las bautizaron como «las tres emes». La primera fue ser millonario. La segunda fue su etapa como gobernador de Massachusetts, en concreto su mayor logro: la reforma del sistema sanitario estatal conocida como Romneycare. La tercera fue ser mormón.

Romney se define como un devoto mormón para el que su religión es una parte esencial de su vida. El candidato republicano fue educado en una familia cuyos lazos con la Iglesia de Jesucristo de los Santos de los Últimos Días se remontan a Parley Pratt, uno de los primeros líderes mormones y miembro del Quórum de los Doce Apóstoles, primer órgano regidor de esta fe.

Aún así, Mitt Romney ha defendido en diversas ocasiones que su candidatura a la presidencia tiene poco que ver con su fe, algo práctico teniendo en cuenta que el país que aspira a presidir promueve firmemente desde sus orígenes la separación entre iglesia y estado. «No me presento como mormón. No me presento para hablar de mormonismo», afirmó Romney el pasado domingo en un programa de radio de Des Moines, en el Estado de Iowa.

Hoy por hoy, la religión de Romney supone para el candidato republicano un arma de doble filo. Por un lado, muchos creen que su experiencia como misionero mormón y su etapa como obispo -una figura similar a la de párroco en el catolicismo- y presidente de estaca de la Iglesia pueden resultarle ventajosas.

«Hay un factor de humildad en que te den 200 veces con una puerta en las narices y seguir adelante», indica Donald Zeiger, un escritor mormón que se alejó de esta Iglesia tras divorciarse y comenzar a vivir en la indigencia. Para Zeiger, los dos años y medio que Romney pasó como misionero en Francia tratando de conseguir nuevos prosélitos suponen una experiencia de la que podrá aprovecharse si consigue imponerse a Barack Obama en su carrera a la presidencia. «Como obispo tuvo que escuchar las penurias de muchas personas, ayudar a mujeres en situaciones difíciles», añadió Zeiger.

«Buena gente»

Pero su religión también es un motivo de reacción para muchos americanos. «Los mormones son buena gente, respetuosos y responsables; pero su doctrina es tan reciente que no me inspira confianza», explica Vonna, una vecina de Texas de visita en Salt Lake City. Como Vonna, muchos estadounidenses creen que el mormonismo no es más que otro producto de la etapa de excesiva innovación teológica que se vivió en el Estado de Nueva York en la primera mitad del siglo XIX, una época conocida como el «Segundo Gran Despertar» del que surgieron otras denominaciones como la Iglesia Adventista del Séptimo Día o la de los Discípulos de Cristo.

El excesivo secretismo y opacidad del que se rodean los mormones no ayuda a mejorar su imagen pública, marcada a fuego por tópicos relacionados con su estricta moral, la poligamia, su afición a la genealogía, el trato discriminatorio a la mujer y el racismo.

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